Laura, 24 años: Ecos de la noche
- 15 oct 2023
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Actualizado: 18 ene
Laura había sucumbido a los encantos de Juan. Era su segundo mes de noviazgo cuando algo sucedió que transformaría su percepción de la seguridad y la realidad de manera irreversible. Hasta el momento, él había sido atento y cariñoso, siempre preocupado por su bienestar. Esa rutina cómoda, casi poética, la hacía sentirse protegida, estable. Sin embargo, bajo la superficie de esas apariencias se ocultaba un temperamento que Laura aún no podía ni imaginar.
Laura, 24 años: Ecos de la noche

Ese viernes, tras una jornada larga y pesada en el gimnasio donde daba clases, decidió quedarse en casa. No tenía ganas de salir; su cuerpo pedía reposo y su mente necesitaba un poco de silencio. Cuando se lo explicó a Juan, él reaccionó primero coninsistencia y luego con un silencio tan frío que cortaba el aire. Laura intentó explicarse con más detalle mediante mensajes y llamadas, contándole con paciencia cómo había sido su día y por qué necesitaba descansar, pero no obtuvo respuesta.
Desconcertada y agotada, finalmente se durmió, sin sospechar que la pesadilla que estaba a punto de experimentar no era un sueño. A las tres de la madrugada, un timbrazo fuerte la despertó. Era Juan. Laura, sorprendida pero alegre por la visita inesperada, lo recibió con un abrazo, sin percibir
la amenaza que se escondía tras sus ojos. Una vez dentro de la casa, Juan, sin decir una palabra, comenzó a revisar cada rincón con movimientos bruscos y el rostro vacío de cualquier emoción reconocible.
Cada gesto suyo parecía una bomba a punto de estallar. Finalmente, encontró una caja con fotos y
cartas que pertenecían a la intimidad de Laura: recuerdos de su anterior pareja, con la que había compartido diez años de relación. Aunque ya no sentía nada por su ex, no quiso destruir aquellas pruebas de una vida pasada en la que también había sido feliz. Pero, no contaba con que ese hombre, al que había amado y de quien guardaba gratas memorias, aún no había superado la ruptura, y mucho menos la idea de que ella estuviera viéndose con otro.
El rostro de Juan cambió vertiginosamente, hasta transformarse en el de un depredador. En cuestión de segundos, cogió a Laura de los pelos y la arrastró por la casa, derribando muebles, golpeándola y lanzando objetos que estallaban contra las paredes. La soltó un instante. Miró a su alrededor con una furia urgente, buscando algo. Sus ojos se detuvieron en un cuadro de cristal. Lo tomó y lo impactó en la cabeza de la mujer que minutos antes le había abierto las puertas de su hogar con amor y alegría.
Aturdida y sangrando, Laura sintió cómo la adrenalina inundaba su cuerpo. De manera inexplicable, sintió que sus sentidos se agudizaron y un instinto primario la empujó a buscar una vía de escape. Clavó su mirada en Juan, analizando cada uno de sus movimientos. Él había enchufado una plancha y comprobaba que estuvieracaliente. Entonces, interrumpió el silencio, tan aterrador como eterno, con una sonrisa apenas dibujada en los labios:
—Te quemaré esa cara tan bonita, ya veremos cómo saldrás en las fotos.
En ese instante crucial, una fuerza de supervivencia la llevó a derribarlo. Se puso rápidamente de pie y corrió hacia la escalera que conducía a la salida. Juan la alcanzó y la sujetó salvajemente. Sin tiempo para pensar, Laura se escabulló y consiguió empujar aquel cuerpo de 1,92 metros y 95 kilos escaleras abajo, haciéndolo rodar escalón por escalón. Al ver que no podía reincorporarse por el dolor de la caída, lo esquivó y salió a la calle desesperada, alejándose de allí con una velocidad que nunca había sabido que poseía. Corrió directamente a la casa de su amiga Alejandra, quien vivía a tres calles.
Antes de aquél escalofriante episodio, Juan había estado en un bar con un grupo de amigos, bebiendo y consumiendo drogas. A mitad de la noche apareció Javier, el ex de Laura. Al encontrarse, cruzaron miradas, absurdamente desafiantes, como si estar con Laura se tratara de una competencia. Juan, afectado por las sustancias, se acercó para provocarlo, presumiendo de lo bien que estaba con ella y de lo rápido que lo había olvidado. Javier, sobrio pero aún estaba herido por el fin de su relación, al sentirse humillado respondió desde el orgullo:
—Cuando sepa en qué estado eres capaz de ponerte, no dudará en dejarte y volver a buscarme. Seguro que todavía guarda todo lo que le regalé. No tienes chance.
A salvo en casa de Alejandra, Laura reunió el valor necesario para ir al hospital. Una doctora atendió a Laura con empatía y preocupación. Tras curar sus heridas y ayudarla a salir del estado de shock, la animó a denunciar, ofreciéndole incluso a llamar a la policía para que tomaran declaración allí mismo. Pero cuando llegaron dos agentes —ambos hombres—, Laura comprendió que la violencia no había terminado: simplemente había cambiado de forma. Ya no eran golpes, sino miradas cargadas de duda, juicios disfrazados de preguntas, la insistencia repetida.
—¿Estás segura de que quieres denunciar? Porque la mayoría de las mujeres luego
retiran la denuncia y, para nosotros, es una pérdida de tiempo.
En ese momento entendió que el miedo no siempre deja huellas visibles en la piel; a veces adopta forma de incredulidad, de silencio impuesto, y se convierte en una voz que vuelve a apagarse.