Abril, 12 años: En la puerta
- 3 dic 2025
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Actualizado: 18 ene
Abril vivía en un barrio donde la vida parecía acelerarse más de lo que correspondía para una niña de doce años. Entre casas bajas, rejas oxidadas y perros que ladraban sin descanso, había aprendido a medir cada paso y a cuidar cada palabra para no dar a entender algo que podría hacerla pasar un momento no deseado.
Abril, 12 años: En la puerta

Esa tarde estaba sentada en la puerta de su casa, con Santi y Tiziano, dos compañeros de la escuela. Santi le había pedido ser su novio días atrás; a ella le daba un poco de vergüenza, pero
también una cierta ilusión, un cosquilleo que la hacía sentir especial. Tiziano, sin embargo, estaba diferente. Cada vez que Santi se acercaba a Abril con gestos de cariño, él la observaba con una mezcla de desdén y rabia silenciosa. Abril lo notaba, pero lo dejó pasar. Había aprendido que hacerse la desentendida a veces era la mejor opción para no meterse en problemas.
Su hogar tampoco era refugio absoluto. Su mamá trabajaba largas horas, llegando a
casa cansada, con pocas ganas de escuchar y menos paciencia. Su padre estaba
ausente, y su hermano mayor se involucraba en asuntos peligrosos que dejaban a Abril
sola frente a la vida cotidiana. Es por ello que siempre se mantenía en alerta para
protegerse, y había aprendido a decir “no” en situaciones dudosas.
Tras despedirse de sus compañeros, al poco rato alguien golpeó la puerta.
Era Tiziano, solo. Su mirada era grave y su voz, apenas un susurro cargado de tensión:
—Quiero hablar con vos un segundo.Salieron a la vereda, que ya se encontraba desierta y sumida en la penumbra de la tarde que caía rápidamente.
—Yo pensé que tenías onda conmigo —dijo él, sin rodeos—. No con Santi.
—Eh… yo siempre te vi como amigo —respondió Abril, incómoda, con la voz temblorosa
por ver en Tiziano una mirada que no reconocía en él, pero que sí había visto en
episodios nada tranquilos.
—No mientas. Me mirabas distinto, me hiciste pensar que te gustaba. Tenés que cortar
con él. ¡No lo voy a permitir!
Abril intentó alejarse:
—Mejor entro, que tengo tarea —dijo, tratando de sonar firme, aunque su corazón latía
con fuerza.
Tiziano dio un paso más, y un brillo metálico apareció en su mano: una navaja, fría y
determinante.
—Si gritás, te corto. No quiero que estés con Santi. ¿Entendés? —sus palabras eran tan
filosas como la navaja, y su mirada no dejaba espacio a la duda.
Abril se congeló. Su cuerpo temblaba y su mente le gritaba que corriera, pero sus
piernas parecían ancladas al suelo. Entonces, voces de personas acercándose
interrumpieron aquel momento de peligro: Tiziano, sin poder sostener su arrebato,
desapareció entre las sombras.
Abril quedó inmóvil, con el corazón desbocado, sintiendo que la amistad que había dado por sentada y su inocencia se habían roto en un instante. Subió a su casa, se encerró en su habitación y lloró como nunca antes. Aquella noche comprendió que la vulnerabilidad podía llegar en cualquier momento, incluso en la calle que creía familiar, al lado de un amigo que conocía desde los tres años.
Desde ese día, su confianza se hizo frágil, se cuestionó cada palabra que decía a
algún conocido para no generar confusiones, como si hubiera sido la culpable de la
violencia que recibió por parte de su compañero. Comenzó a calcular riesgos de manera
casi obsesiva y no volvió a sentirse libre por mucho tiempo.