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La mutación del gen fascista en el siglo XXI

Artículo escrito para Prensamérica Internacional


LA MUTACIÓN DEL GEN FASCISTA EN EL SIGLO XXI


En la era de la información y la supuesta evolución moral, nos gusta creer que el fascismo es un fantasma del pasado, un recuerdo desagradable de tiempos oscuros que hemos superado. Sin embargo, la verdad incómoda es que el gen fascista sigue activo y presente en nuestra sociedad actual, en muchos casos, de una manera mucho más subyacente de lo que podríamos imaginar.


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La mutación del gen fascista en el siglo XXI

Biología del genoma supremacista


El fascismo no es solo una ideología política del siglo XX; es una mentalidad derivada del sentimiento supremacista y el abuso de poder, que puede manifestarse en diversos aspectos de la vida cotidiana. Estamos hablando de un conjunto de factores que, a modo de genoma, incluye todas las acciones hostiles derivadas de un mecanismo de defensa ante ciertos sentimientos de inferioridad, miedo o inseguridad percibidos. Desde los comienzos de la civilización, algunas personas adoptan actitudes supremacistas como una forma de proteger su autoestima y mantener una sensación de poder y control sobre su entorno.


Es así como este genoma se esconde en pequeñas actitudes y comportamientos que normalizamos sin siquiera cuestionarlos. Por ejemplo, en la forma en que tratamos a otras personas en el trabajo, sobre todo cuando tenemos un cargo superior; en la calle, al mirar y actuar despectivamente según con quién nos crucemos; e incluso en nuestras propias familias, cuando sabemos que tenemos una mayor autoridad. Esto también puede suceder en las instituciones educativas, en las que, aún hoy, el abuso de poder se sigue ejerciendo por una parte del profesorado. Desde la humillación pública del alumnado hasta la imposición de una estricta jerarquía, son acciones que perpetúan un clima de sumisión, en lugar de fomentar un ambiente de aprendizaje inclusivo y respetuoso.


El gen también se activa en Portugal


Pero este genoma también se manifiesta en formas más insidiosas. El racismo en Europa y el sentimiento de superioridad que persiste en algunos sectores son evidencia de cómo las ideologías fascistas pueden arraigarse en la mente colectiva y perpetuar la discriminación y la división. Tal es así que, en los últimos años, el mundo entero está siendo testigo de un fenómeno político notable: el apoyo creciente de un sector de la población a partidos de ultraderecha. El último en sumarse ha sido Portugal, que en las elecciones del pasado 10 de marzo ha ganado una coalición de centro derecha, dejando como tercera fuerza política a Chega, partido ultraderechista que obtuvo el 18 % del total de los votos y 48 escaños.


Líderes carismáticos que prometen soluciones simples a problemas complejos; el fomento del miedo ante la llegada de inmigrantes; y el juicio religioso y machista, cargado de odio hacia la diversidad de género y el empoderamiento femenino, actúan como moléculas estratégicas que forman el genoma supremacista que contiene la información genético-histórica que determina las características hereditarias de una sociedad que puede manipularse por sus vulnerabilidades.


Orígenes del gen del fascismo


El término «fascismo» tiene su origen en la palabra latina «fasces», que hace referencia a las haces de varas unidas alrededor de un hacha que simbolizaban la autoridad y el poder del estado en la antigua Roma. Este símbolo era llevado por los lictores, funcionarios romanos encargados de mantener el orden y ejecutar las decisiones de los magistrados.

Esta expresión fue revivida y adaptada por el líder italiano Benito Mussolini y sus seguidores, para representar un movimiento político y una ideología específica durante el período de entreguerras en Italia. Mussolini fundó el Partido Nacional Fascista en 1919 y utilizó el término «fascismo» para describir la filosofía política de su partido, que abogaba por un gobierno autoritario, el nacionalismo agresivo, el corporativismo económico y el anticomunismo.

Hoy en día, este concepto se utiliza para referirse a regímenes políticos autoritarios, nacionalistas y antidemocráticos, así como a ideologías que promueven el autoritarismo, la opresión y la intolerancia.


La posible desactivación del genoma  


Como cualquier genoma denominado «de riesgo», se necesita un proceso muy complejo que involucra técnicas avanzadas de ingeniería genético-social. Algunas de ellas son las «Técnicas de silenciamiento génico-supremacista», las cuales permiten inhibir la expresión de genes intolerantes y cargados de rencor, frenando así su posible mutación, además de reducir o eliminar la proteína del odio producida por dichos genes.


Desactivar un gen de riesgo, en este caso, el fascista, es importante para prevenir el desarrollo de enfermedades sociales histórico-hereditarias, mejorar la calidad de vida y los valores, reducir el riesgo de transmisión de patologías como la xenofobia, el machismo y el abuso de poder a futuras generaciones, y avanzar en la investigación para desarrollar nuevas estrategias socio-terapéuticas que garanticen el bienestar social.


Bárbara Balbo.

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