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Ayer y hoy: la misma justificación de la violencia

Artículo publicado en Prensamérica Internacional, +Diario, y Globatium


AYER Y HOY: LA MISMA JUSTIFICACIÓN DE LA VIOLENCIA


En los últimos años, es habitual escuchar en discursos políticos de partidos de derecha y extrema derecha, declaraciones que relacionan al nazismo con el socialismo. No obstante, existen grandes diferencias que separan a estas ideologías, pero para comprenderlas bien, es necesario remontarse a un personaje anterior a Hitler, líder del partido nazi; así como también conocer las teorías conspirativas difundidas por aquél entonces y que servían como justificación de violencia; y analizar las propuestas ideológicas contradictorias, usadas como estrategia para captar votantes de partidos adversarios. Algo muy similar a lo que ocurre hoy en día.



El contradictorio prefacio del nazismo


Anton Drexler, quien fue mentor de Adolf Hitler durante sus primeros años en la política, fundó en marzo de 1918 el «Comité de Trabajadores Libres para una Buena Paz», la cual, en el contexto de la Primera Guerra Mundial, buscaba promover la paz y la unidad de la clase trabajadora alemana, posicionándose como una organización de centro que estaba en contra de las medidas extremas, tanto del capitalismo como del comunismo.


Lo curioso es que, apenas unos años antes, Drexler había sido integrante del «Partido de la Patria Alemana», una fuerza política de extrema derecha que estuvo activa durante la última fase de la guerra, misma etapa en la que el político había comenzado a difundir ideales pacíficos. No obstante, en octubre de 1918, llevó adelante otro proyecto, el «Círculo Político de Trabajadores», creado junto a un miembro de la Sociedad Thule de Múnich, el periodista Karl Harrer. Pues, Anton Drexler, también era parte de esta agrupación, la cual se caracterizaba por ser racista, ocultista y völkisch.


Antes de su actividad política, Drexler trabajó como mecánico y ferroviario en Berlín. Contrario a su futuro activismo a favor de la paz, durante la Primera Guerra Mundial se presentó al servicio militar, pero fue rechazado por cuestiones de salud. En este tiempo, se unió al Deutsche Vaterlandspartei y se dedicó a la política representando a la clase trabajadora, lo que, evidentemente, le proporcionó el conocimiento necesario para tener a este sector a su favor, llegando a formar en 1919 el Partido Obrero Alemán (DAP), patrocinado principalmente por la Sociedad Thule. Drexler creó el folleto «Mi despertar político» para una de las convocatorias del DAP, que Adolf Hitler leyó en Múnich después de una reunión, dejando impresionado al político con su capacidad de oratoria, motivo por el cual lo invitó a unirse al partido.


El nazismo no fue socialismo


Apoyado por Drexler, Adolf Hitler se unió al Partido Obrero Alemán y comenzó a dar discursos públicos en 1919, los cuales, en sus primeras épocas, no eran explícitamente violentos como los de sus últimos años. La estrategia inicial de Drexler era atraer a los trabajadores que se sentían explotados por las grandes empresas y la burguesía capitalista. Sin embargo, con el tiempo, el partido suavizó su retórica anticapitalista y comenzó a recibir apoyo y financiación de grandes empresas y ricas personalidades, evidenciando que la postura inicial del partido contra la burguesía capitalista había sido una estrategia para ganar el apoyo de la clase trabajadora.


En 1920, el partido cambió su nombre a Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), más conocido como Partido Nazi. Este movimiento político utilizó el término «socialismo», pero su ideología y prácticas no se alineaban con lo que este representaba en el contexto marxista o del socialismo democrático. Dicha expresión era útil para atraer a la clase obrera y alejarla del comunismo y la socialdemocracia. Al mismo tiempo, aplicó el término «nacionalismo» para atraer a los sectores nacionalistas y conservadores.


Fue así como se forjó una ideología autoritaria y ultranacionalista, con control absoluto del estado sobre la propiedad privada de los medios de producción. Por este motivo se comparan sus medidas económicas con las del comunismo extremo, más precisamente, el que llevó a cabo Stalin. Este mismo concepto es el que el Parlamento Europeo aprobó en 2019 mediante una resolución que no juzga a la ideología comunista en su totalidad, sino a su expresión totalitaria y autoritaria, refiriéndose específicamente al estalinismo.


Poco a poco, Adolf Hitler, fue promoviendo ideas de antisemitismo, anticomunismo, belicismo, expansionismo, pangermanismo y supremacía aria; siendo cada vez más explícito en sus propuestas violentas. Estos conceptos fueron los pilares del nazismo y quedaron plasmados en su libro «Mi Lucha» (Mein Kampf), escrito durante su tiempo en prisión después de un fallido intento de golpe de estado en 1923. Desde entonces, potenció su lucha contra el supuesto «marxismo judío», también llamado «bolchevismo judío» o «judeobolchevismo».


Teorías conspirativas de ayer y de hoy


En este punto debemos regresar a la Sociedad Thule, que basaba su racismo en una teoría de conspiración antisemita, denominada judeo-masónico-comunista-internacional o judeo-masónico-marxista-internacional, la cual se apoyaba en la supuesta existencia de una coalición secreta entre el judaísmo, la masonería y el comunismo. Esta idea se formó debido a la capacidad revolucionaria del comunismo de entonces, al hecho de que Marx era de origen judío, y a la divulgación de los Protocolos de los Sabios de Sion, un documento que se confirmó que era falso, el cual afirmaba ser la transcripción de unas supuestas reuniones de los «sabios de Sion», y que detallaba cómo los líderes de la comunidad judía, la masonería y el comunismo, presentes en todas las naciones del planeta, obtendrían el poder mundial.


En la actualidad, un alto porcentaje de la población vuelve a creer en esta teoría, la cual fue una de las principales convicciones nazis que sirvió como justificación para la invasión alemana de la Unión Soviética y el Holocausto. La diferencia es que ahora, también se plantea como amenaza social al feminismo, a la inmigración, a la libertad de elegir la identidad de género, a la diversidad que brindan las redes sociales y a todo lo que promueva la igualdad y los derechos para todas las personas que habitan el mundo.


La violencia como respuesta


Estas teorías conspirativas se han basado y se basan en prejuicios, estereotipos, mentiras y manipulaciones, y suelen tener un componente antisemita, anticomunista y, principalmente, xenófobo. Sus falsas creencias se han utilizado a lo largo de la historia por el fascismo, el nazismo, el franquismo, las dictaduras militares en América, etc., con el fin de justificar el odio, la violencia y la discriminación contra grupos minoritarios o diferentes.


Los mecanismos siempre son los mismos: la creación de un enemigo común para movilizar a las masas en torno a un discurso de odio y exclusión; la exaltación de un líder carismático y de un partido único; la creencia en una nación superior y una raza pura; la fe ciega en una religión oficial que juzga según la moral tradicional; y la propagación de mentiras que justifiquen la violencia sistemática, la censura férrea y la guerra permanente.


Lo cierto es que con estas ideas se siembra el miedo y se ataca a la libertad, la pluralidad, la diversidad, la tolerancia, la solidaridad, la paz y la justicia. Si bien, es necesario mantener un carácter crítico ante los sistemas de poder que nos gobiernan, es importante cuestionar cualquier agrupación que utilice la manipulación mediática para promover ideas falsas. No perder el criterio, no dejarse convencer sin pruebas contundentes y no compartir información sin haber confirmado su veracidad, es lo que puede salvar a la sociedad de más  genocidios.










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